“Estoy escuchando lo que veo y estoy viendo lo que escucho”, exclamó, arrobado, el universal compositor soviético Igor Federovich Stravinsky, el Miércoles Santo de 1921, al contemplar el grácil y simétrico balanceo de un paso de palio coordinado sutilmente con los acordes musicales de una marcha cofradiera.
Acto seguido, Stravinsky mostró a su acompañante su deseo de felicitar al maestro que dirigía la banda, por la espléndida ejecución de la obra que ésta acababa de interpretar. No deja de ser interesante que todo un genio de la música se viera sorprendido por este género musical tan circunscrito a nuestra tierra y tan desconocido fuera de la misma.
Con su expresión, Stravinsky concibió la escena que contemplaba como la suma de una serie de elementos totalmente conjuntados a inherentes entre sí, donde la música ocupaba un puesto de especial relevancia.
Hoy en día, nosotros mismos no podemos concebir la Semana Santa sin la música, como tampoco podemos concebir el discurrir de un paso de palio sin una marcha cofradiera o los sones de una capilla de música, con la excepción, claro está, de la silente estación de penitencia, con la que algunas Hermandades y Cofradías dan culto público a sus Venerables Imágenes.
Hay quien opina que “el papel que desempeña la música en la Semana Santa es tan importante que gracias a ella se puede escuchar hasta el silencio”.
